domingo, 6 de julio de 2008

Una moneda en el bolsillo


Salió a la calle sin otra ocupación que jugar con los hilillos que iba soltando el interior de sus bolsillos. Dio una vuelta a la manzana: la panadería (hmmm... esos bollos de leche recién hechos), la frutería (ay, de esa manzana roja y reluciente), la pastelería (los pastelillos de crema recién horneados), el kiosco (un número nuevo de Superlópez)...

Se dirigió al puente y empezó a tirar piedrecitas. "Algún día le daré en toda la cabezota a uno de esos escurridizos peces y entonces podremos cenar pescado", se dijo.

Unas manos taparon repentinamente sus ojos: "¿Quién soy?".

Era inconfundible. Olía siempre a rosas y su piel era tan suave... Mi tía trabajaba en el Ministerio de Hacienda. Era la persona con más dinero de la familia y todos le pedían continuamente su ayuda. Pero a mí nunca me gustó rogar por una moneda, así que era yo siempre el que le regalaba flores de algún jardín. Incluso un día le dí la mejor lagartija del estanque del parque. Ella la guardó en una caja y le puso una hoja de lechuga, pero al día siguiente me pidió que fuéramos a soltarla. La vida no debía estar encerrada en cuatro paredes de cartón, me dijo.

"¿Quién soy?", volvió a repetir.

"Julia, eres Julia" y me volví hacia ella para darle un beso. "Vaya, hoy no tengo aún ningún regalo para ti", le dije con tristeza.

"No importa, hoy estoy contenta y quiero invitarte a algo. Toma esta moneda y haz con ella lo que desees. Gástala en algo rico o guárdala para otro momento. Tú verás". Y con un volantazo de su falda verde se fue por el puente diciéndome adiós con la mano.

Guardé la moneda en mi bolsillo y comencé a darle vueltas entre mis dedos. "¿Qué puedo comprar?". Pasé de nuevo por delante de la panadería, de la frutería, de la pastelería y del kiosco. Era mi única moneda y me la había dado Julia para que la gastara bien. Era nuestra moneda.

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Después de un día de duro trabajo volví a casa. El teléfono sonó insistente. "¿Hola? ¿Es usted Antonio?".

- "Sí", respondí.

- "Le llamo del ministerio. Tenemos... una urgencia... es el suyo el único teléfono que teníamos, que ella nos dio...".

- "¿Qué pasa? ¿Está bien Julia?", la interrumpí nerviosamente.

- "Bueno, la han llevado al hospital. Será mejor que vaya inmediatamente".

- "Está bien. Diga a mis superiores que hoy no podré ir al ministerio, que tengo una urgencia familiar. ¿Me haría el favor?".

- "Ya lo saben, Antonio, ya lo saben. Vaya y no se preocupe de más".

Tomé las llaves del coche y salí a la calle corriendo. Había aparcado delante de la pastelería. "Dos pasteles, una moneda", rezaba un cartel en el escaparate. Entré y pedí dos de crema recién horneados.

- "Tía, ya estoy aquí. Ya he decidido en qué gastar la moneda. Han pasado 10 años de eso, pero ya me he decidido. Estos pasteles serán para ti y para mi, tienes que probarlos".

Tumbada en la cama, Julia estaba inconsciente. Algo en su corazón había fallado. Estaba grave, me dijo el médico. Y me quedé junto a ella toda la noche y todo el día siguiente. En todo ese tiempo no solté su mano. Seguía oliendo a rosas.

Al tercer día por la mañana me despertó una caricia. "Toñito, hijo. Mira que pensé que nunca te ibas a decidir. Dale un abrazo a tu tía y tomemos esos pasteles. Tontito, no llores, que ya estoy bien".

Ahora Julia vive conmigo y todas las tardes compartimos pasteles de crema recién horneados, bollos de leche, una manzana y leemos uno de los tebeos de mi ya extensa colección de cómics.

Ya no hay nada que me asuste. Mi moneda ya no está, pero Julia sigue conmigo.

1 comentario:

Zuma dijo...

Hermoso relato.

Cada uno guardamos una de esas monedas en el corazón y en el recuerdo...no debemos dudar en utilizarlas antes de que sea tarde.

Si se devaluan, el Banco Mundial de los Sentimientos no te las cambia.

Un abrazo.