martes, 17 de junio de 2008

El mar


Su piel sabía a pimienta roja y en sus labios se mezclaban la canela y el mango. El sol de la tarde doraba el mar y las olas comenzaron a marcar el ritmo de mis latidos. Mis pies se hundieron en la arena blanca, suave y todavía caliente.
El anochecer en Rodas despertó mis recuerdos de aquella casita blanca de la costa turca en la que jugaba cuando era niña.
Nunca más volvería a surcar las aguas del Egeo.

1 comentario:

Zuma dijo...

Hermoso microrelato Ana.

Dejo yo ahora la versión del que se quedó en Rodas, esperando para siempre:

La brisa de una tarde de otoño revolvía su pelo, ensortijándolo alrededor de su cara pálida. Se arropaba dulcemente con una chaqueta de lana verde, sentada sobre la arena de la playa, contemplando con sus ojos grises entrecerrados una incipiente puesta de sol.

Se marchó un día, con la marea alta, y sigo intentando convencerme de que su corazón fue mio durante un pequeño instante, aunque seguramente nunca haya pertenecido a nadie.

Un abrazo.