Su piel sabía a pimienta roja y en sus labios se mezclaban la canela y el mango. El sol de la tarde doraba el mar y las olas comenzaron a marcar el ritmo de mis latidos. Mis pies se hundieron en la arena blanca, suave y todavía caliente.
El anochecer en Rodas despertó mis recuerdos de aquella casita blanca de la costa turca en la que jugaba cuando era niña.
Nunca más volvería a surcar las aguas del Egeo.
El anochecer en Rodas despertó mis recuerdos de aquella casita blanca de la costa turca en la que jugaba cuando era niña.
Nunca más volvería a surcar las aguas del Egeo.