Suave. Oscuro. Redondo. Ese fue el hueso que dibujó su hombro. Allí estuvo oculto tantos años…
Nunca hubo mejor tumba que los castaños centenarios. Tan solemnes, tan callados, tan viejos.
Una brocha me dejó ver lo que fue su cara. El silencio rodeó el momento. Sus mejillas antes tostadas por el sol estaban ahora vacías, inexpresivas.
Allí se quedó el marido de la vecina. Allí ocultó su alma aquel que a mi madre le regalaba castañas. Nadie contó nunca su historia. Hasta ahora. Nadie. El silencio rodeó su tumba y la de los que con él cayeron.
Las historias nunca fueron felices ni tristes sin un final. Poner un fin al silencio es lo que marca el destino del recuerdo perdido para que nunca más vuelva a olvidarse.
**Para todos aquellos que usan su tiempo en recuperar los recuerdos perdidos.
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