sábado, 4 de agosto de 2007

Prohibido explicar

Estoy un poco decepcionada. Mira tú que al final me gustó la exposición de Las Edades del Hombre, pero siempre tiene que venir el típico bobo a amargarte el día.
Pues resulta que hace poco he vuelto a ver ‘Yo camino’, al igual que llevo haciendo en las últimas semanas para acompañar a amigos, familiares y anexos. En una de éstas estoy contándoles la historia del báculo de Limoges cuando llega una vigilante y me pide que hable más bajo. Bueno, ya me pareció raro, porque el botón de la camisa tenía dificultades en oír las palabras que semanas antes yo había escuchado de otros que saben más de esto del arte sacro. Ya estaba con lo de la historia de la desaparecida lápida de Santa Cruz cuando, de repente, me llega una guardia jurado toda revestida de la autoridad que da llevar un conjunto de pantalón y chaqueta con chapitas y me dice: «Es que no se puede explicar». «¡¿Qué no puedo explicar?!», le pregunté con los ojos como platos.
¡Vamos, hombre, lo que me faltaba! Llevo chupándome la bendita exposición ocho millones de veces y para cuatro cosas que conozco, me tengo que callar. Pues todavía añade la bendita autoridad, con cara de saber más que nadie: «Son las normas de la exposición».
Es decir, que si puedo aportar algo decente al recorrido de quien me acompaña, me tengo que callar. Sólo vale si voy diciendo: «¡Uuuuuuuuuuuuy, qué bonito!», reflexión profunda sobre el devenir artístico donde las haya.
Una es educadita, que si no se la monto allí mismo, porque se fue a chivar a su jefe y me estuvo persiguiendo el resto de la exposición, como disimulando, para ver si «explicaba».
Entiendo. La cuestión es que el único que puede hablar es el guía oficial de la exposición, ¿no?. Claro, claro. Por supuesto, previo pago. Que me parece bien, pero a ningún político, empresario, obispo, sacerdote, artista o escritor le han dejado de contar las anécdotas de la exposición por un ridículo «prohibido explicarse».
Claro, que cuando yo me expliqué sólo quise que quien me acompañaba supiera el enorme valor de la pieza, con el ánimo de que se fuera de Ponferrada con el buen sabor de boca de haber visto y aprendido algo interesante.
A los responsables de la exposición les pediría una reflexión, porque no sé si conocen las formas y alardes que usan los que pululan bajo contrato por la muestra. Si a quien ve la magnífica Virgen abridera o la impresionante pila románica no se le ocurre comentar algo, es que tampoco necesita muchos guías. Si el que siente o sabe no puede comentarlo con alguien, no merece la pena. Hay detalles que minan los cimientos de los mejores proyectos y Las Edades, pese a ser uno de los buenos, no alcanza el éxito esperado. Quizá habría que decirle a la guardia jurado que la que debería callarse es ella.

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