lunes, 23 de julio de 2007

Un abrigo para el verano

Hoy toca conversación de ascensor. Es que este frío me tiene casi en hibernación y el armario está que no sabe en qué mes vive, como yo. Tengo mezclados los pantalones cortos con las bufandas y los guantes con las camisetas de tirantes. ¡Maldito calentamiento global! Llevan años advirtiendo que las temperaturas están subiendo y, claro, una no se prepara para que sea en julio y no en agosto cuando se le enfríe el rostro.
El tiempo, el mal tiempo, se ha convertido en el tema de las conversaciones diarias, de los conocidos y los desconocidos. Estropea no sólo las vacaciones de algunos, sino también las comidas y las merendolas.
Precisamente este sábado estuve en una de estas cenas al aire libre. El frío intentó con fuerza echarnos de la plaza de las escuelas de Cubillos, pero allí el calor era otro, lleno de risas de los muchos niños que pronto terminarán su estancia en El Bosque de los Sueños. Fue una velada perfecta, a pesar de los 10 grados que se nos pegaron a la piel. Siempre he admirado el arrojo de los que miran la vida obligadamente sentados en una silla de ruedas con una sonrisa en los labios y en la mirada. Esos que observan al resto a la altura de su corazón, el que siempre revela la verdad de las cosas, el que no engaña. Y admiro también a los que luchan no sólo por ayudarles a intentar que anden de nuevo, sino a ser felices ya, ahora, facilitándoles en todo lo posible la vida diaria.
En esa cena comprendí que los niños son niños, vayan o no en silla de ruedas o a pesar de que el desarrollo de sus habilidades motoras o comunicativas se haya quedado dormido. Ellos, como todos, se olvidaron de las diferencias y tan sólo vieron al mago que con sus ágiles dedos hizo desaparecer y aparecer pañuelos, payasos y conejos. Un poco de magia nunca viene mal para seguir soñando.
¡Qué poco pensamos en su situación! ¡Y con qué poco se puede colaborar! ¿Acaso cuando uno abre, por ejemplo, una panadería, un kiosco o una librería piensa en que todo el mundo pueda entrar a la tienda? Un escalón, peor si son varios, se convierte en el infierno contra el que cada día luchan los discapacitados. Una dificultad que además se suma a los problemas de cada día, esos que no difieren entre los unos y los otros.
No me olvido de los sordos, de los ciegos..., en fin de todos aquellos a los que no les avergüenza reconocer la necesidad de un brazo en el que apoyarse para seguir avanzando.
Ayer subí despacio los escalones al volver a mi casa y cerré los ojos al meter la llave en la cerradura. Debe ser duro, la verdad, pero hay mucha gente que está dispuesta a dar un empujón cuando hace falta. Y como dicen en El Bosque de los Sueños: «La diferencia es divertirse».

No hay comentarios: