Ahora que ha pasado el huracán electoral y que las calculadoras de votos se han aparcado para dejar paso a las cajas registradoras y a los codazos por ocupar los cargos, me pregunto, ¿qué fue de mi pobre voto?
Tan sincero era él, en su papelito inmaculado. Tan claro, tan evidente Y se perdió, como muchos otros por la rendija de los pactos, esa que devora todos los minutos que pasamos leyendo el tostón de los programas electorales para decidirse por los unos o los otros, escuchando soporíferos mítines y haciéndonos ilusiones de que podemos decidir algo.
Pues ha vuelto a pasar. No sé para qué demonios los partidos piden el voto para sí mismos, cuando a la vuelta de la esquina te han puesto 'los cuernos' con aquellos a los que nunca hubieras votado. Y mi pobre voto, como muchos otros, quizá sirvió para convertirse en las arras de algunos matrimonios de conveniencia política.
En mi opinión, este sistema de elecciones debería llevar una segunda vuelta para que sean los votantes los que decidan quiénes pactan y quiénes se quedan en la soltería política.
Además de las elecciones, que cada vez ocupan menos espacio en la mente de todos y ya parece que se celebraron hace siglos, lo que me tiene pensativa todo el día, como a la mayoría de españolitos de a pie, son las vacaciones.
¡Ay, ese 'respirito' anual que acaba con las ojeras y la cara de mala leche acumulada durante meses! Al menos eso pensamos cuando rozamos la tan esperada fecha. Luego viene la decisión, porque no vas a ser el más 'pringao' que se quede en casa durante las vacaciones, claro. Aunque sólo sea para remojar los pinreles en agua del Cantábrico. Pues ahí viene el lío.
El puzzle fecha, alojamiento, plazas libres, pensión completa, barato, barato, barato es irresoluble. Si no te falta una pieza te falta otra. El caso es que ya hace tiempo que sufrimos las miserias de la 'operación bikini' y con lo que ha costado, habrá que amortizarlo de alguna forma. «Bueno, no te preocupes, deja la pensión completa, porque seguro que por allí hay muchos restaurantes...».
Sí, sí. Luego vas y terminas de la excesivamente oleica y carísima tapa pírrica de calamares hasta el (piiiiiii). Total, que el bocadillo es al final el rey de las vacaciones, porque todo el sol de la playa es bueno y hay que aprovechar cada rayo, a pesar de lo advertidos que nos tienen los de Corporación Dermoestética.
Y a pocos días de haber iniciado las idílicas vacaciones, los 'bocatas' comienzan a hacer presencia con su contundente huella para estropear la perfecta figura que tenías en tu casa cuando te lo compraste y ante el espejo, con el estómago encogido hasta la rabadilla, meneabas tu cuerpo triunfante tras la dura batalla de la lechuga. Peor es la opción de la montaña, porque las delicias culinarias de las cumbres se basan, sea invierno o verano, en el tentador embutido que las tiendas de productos típicos y restaurantes te ponen delante de la nariz por donde vayas.
Pues eso, que creo que al final me voy a quedar en mi casa. Que voy a sacar de nuevo la calculadora, que creo que algunos aún están recontando mi voto.
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