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domingo, 6 de abril de 2008

Capítulo IX (final): La Roca Dragonte

Los ojos del romano se llenaron de lágrimas mientras revolvía en sus recuerdos.
- “Fue hace más de diez años. Fue aquella la primera vez que volvía a mi aldea después de alistarme en las tropas romanas. Bajo los ropajes y el casco romanos tu madre fue la única que pudo reconocerme. Pero guardó silencio. Se lo agradezco y por eso la amaré siempre”.


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- “¡Mierda, se me acabaron las monedas!. ¡Jorgeeee, pásame otra coca cola y dame cambio de 20 euros para la máquina de Celtic´s Life”.

lunes, 24 de marzo de 2008

Capítulo VIII: La Roca Dragonte

Los primeros edificios de la nueva ciudad estaban reservados a los artesanos. Varios herreros se afanaban sudorosos en crear objetos metálicos punzantes. Los carpinteros cortaban y alisaban los troncos de madera para hacer sillas, mesas y delicados cuencos que darían a beber el vino nacido en las viñas cercanas. Un grupo de mujeres empezó a cotillear a nuestro paso mientras golpeaban los telares para hacer gruesas mantas con lana de oveja. Más allá se escuchaba el atronador sonido de los canteros dando forma a grandes bloques de piedra.
Olores, colores y caras desconocidas saturaron mis ojos durante el breve recorrido por la ciudad.
- “No te asustes, nadie te va a hacer daño. Eres mi invitada”, dijo Licinia.
Y la seguí sin rechistar hasta una casa enorme con muros de piedra y tejado de barro cocido en escamas. El olor a asado se colaba por la puerta y las pequeñas ventanas.
- “Te presento a mi padre, Aulus”.
Vestía, como Licinia, una túnica blanca recogida en parte sobre uno de los hombros. Era fuerte, enorme y las canas ya pintaban de blanco su poblado y moreno pelo ondulado.
Miré sus ojos, iguales que los de su hija. Iguales a los míos.
Su sonrisa inicial se había ido cerrando al observarme poco a poco. Entonces una lágrima resbaló por su mejilla y surcó la cicatriz que dibujaba su cara desde la nariz hasta la oreja derecha.
Licinia, ausente de los pensamientos que brotaban a través de los gestos de su padre, siguió hablando.
- “Es Avga. Tiene mi misma edad. ¿Se parece mucho a mí, verdad, papá?. La encontré en uno de los caminos que suben a la montaña”.
Por fin habló el romano: - “¿Dónde vives, pequeña?”.
- “En mi roca. En mi roca Dragonte. Vosotros destruísteis mi hogar y tuve que esconderme”, contesté con toda la fiereza de la que fui capaz pese a mi miedo.
- “¿En… en la roca Dragonte?”, tartamudeó él.
Volvió Licinia a hablar. – “Mi padre es legado. Antes era un bravo soldado, pero ganó muchas batallas y ahora es jefe de esta ciudad”, señaló orgullosa.- “Sí, así es. Cuando era soldado encabecé una expedición que visitó una aldea situada bajo la sombra de la roca Dragonte”, dijo con gravedad Aulus.

martes, 18 de diciembre de 2007

Capítulo V: La Roca Dragonte


Las explosiones continuaron durante los días siguientes. El polvo fue, poco a poco, formando nubes marrones en el cielo de la comarca. El temblor de la tierra llegaba hasta la roca Dragonte y era tal mi temor que decidí no volver a la aldea por el momento.
Sin embargo, aquella comida que días antes había tomado del huerto de la aldea se había acabado. Tenía que conseguir algo para comer. El calor ya había llegado a la comarca y el tejo empezaba a dejar ver sus frutos rojos. Era un árbol sagrado, protegido y amado por todo mi pueblo. Pero yo tenía hambre. Pedí perdón a los dioses y me encaramé en sus ramas. Allí empecé a comer los frutos del tejo, la única parte no venenosa del árbol sagrado. Con cada baya que masticaba mi cuerpo se fortalecía, mi vista se hacía más aguda y mis oídos comenzaron a escuchar, de nuevo, todos los sonidos del bosque que hasta ahora habían ocultado las explosiones. Después de llenar mi estómago con los frutos del tejo, pude bajar de un salto desde la rama más alta del árbol sagrado.
Al día siguiente, más animada que nunca, tomé mi gran piedra dorada y la guardé entre mis ropas y en una gran hoja de castaño envolví un buen puñado de frutos del tejo. Bajaría de mi roca Dragonte. Quería ver qué era lo que estaba rompiendo las entrañas de la comarca, qué provocaba esas inmensas nubes de polvo rojo. Tapé con ramas mi cueva y me dirigí al gran río.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Capítulo IV: La Roca Dragonte

Llegué casi sin aliento a mi roca Dragonte. Ya era de noche y tan sólo una tenue luz de luna guió mis rápidos pasos a través del bosque de rebolos. Notaba cada latido de mi corazón en mi garganta. Me senté dentro de la cueva, tomé aire con fuerza y, por fin, pude concentrarme en el misterioso paquete.
Cuidadosamente desaté la cuerda que sujetaba el envoltorio de hoja de castaño. En cuanto deshice el último nudo la hoja se abrió como por resorte y pude ver su secreto. Era una piedra de oro, una de las más grandes que yo nunca había visto. Algo así podía ser el tesoro más preciado de toda una aldea. Y me lo habían dado a mí.
Ese tesoro sólo podía tenerlo mi padre, jefe de mi aldea, en un lugar oculto y desconocido por los demás. Si me lo había dado en custodia podía ser posible que aún viviera, aunque ya bajo el yugo del poder de las armas de los extranjeros de pechos brillantes.Esa noche dormí plácidamente, mecida por el sonido suave de las ramas de mi tejo y soñando con la ternura de la voz de mi padre, el calor de los abrazos de mi madre y la alegría y el cariño de mis hermanos y hermanas. El amanecer del día siguiente, sin embargo, volvió a hundirme en la desesperación. El cielo debió rasgarse y la tierra resquebrajarse, porque el estruendo resonó en toda la comarca. Al levantarme y mirar el horizonte sobre mi roca Dragonte, sólo vi una enorme nube de tierra más allá del gran río.

Pepito Grillo continuó así el relato...
Un miedo intenso atenazaba mi alma. El brillo del aurífero legado no era capaz de disipar las tinieblas de mi espíritu, ni las dudas de mi mente.
Si mi padre sobrevivió a la invasión, ¿habría sido capaz de sobrevivir a este nuevo cataclismo?. ¿Qué habría sucedido en la aldea para que semejante estruendo y tan inmensa nube de polvo, llegaran hasta mi roca?.
Nada sabía de mi gente. Solo me unía a mi linaje, el legado de la piedra, el símbolo de autoridad que mi padre había guardado celosamente.
Quizá, era el momento de acercarme a la aldea. Esta vez, un poco mas, para cerciorarme del destino de los míos.
Esperaría a que las tinieblas velaran mi presencia. Intentaría rescatar la valentía de mi estirpe y descubriría cuál había sido su destino. Luego, con el dorado talismán en la mano, buscaría ayuda en los alrrededores, entre los otros huídos de la invasión, para desarrollar una estrategia que nos permitiera reconquistar nuestra aldea.
De momento, agarrada a mi piedra de oro, me armaría de fuerzas esperando la noche...

martes, 20 de noviembre de 2007

Capítulo 1: La roca Dragonte

Desde que fui pequeña me gustó escaparme a la roca Dragonte. Estaba en lo más alto de la comarca y desde allí se divisaban todas las hogueras de las aldeas vecinas. Si te concentrabas mucho podías saber qué tenían ese día de cena: un buen venado asado, unas castañas asadas o unas simples berzas con patacas.
Ese era el único sitio en el que podías ver de cerca corzos, rebecos e incluso algún oso asustado que despistaba su habitual camino.
Esa era mi roca. Lo fue durante muchos, muchos años. Más de los que yo hubiera deseado.

Mi aldea no distaba mucho del río, una despensa de sabrosos peces que daba la vida a las plantas silvestres y a las que cultivábamos nosotros junto a las casas, en la huerta común que todos cuidábamos por ser una de nuestras principales fuentes de alimento.
Cada día mi padre reunía a los hombres y salían a buscar jabalíes y corzos para nosotros. Los demás nos ocupábamos de limpiar las cabañas, cocer las vasijas y recoger frutos y leña del bosque o ir a pescar al río, que era lo más divertido, porque no es nada fácil acertar con la puntiaguda lanza sin que al final resbale en el lomo de una brillante trucha.
Lo peor de mis recuerdos comenzó durante la noche, cuando todos dormíamos y ni el crepitar de las casi apagadas hogueras se oía en la penumbra.

Así continuó este capítulo Diana...
Pero el silencio helado, que me entraba por cada poro hasta alcanzar el tuétano de mis huesos como si de un frío hachazo se tratara, comenzó a resquebrajarse. Una especie de bufido combinado con un golpeteo homogeneo se hacía cada vez más cercano. Antes de haber visto de donde procedía, me hubiera sido casi imposible describir el sonido.Me asomé por la ventana, sin despertar a nadie. El sonido parecia desprender calor. Y luz. Tras unos minutos observando a lo lejos conseguí distinguir, aunque no comprender, de que se trataba. Una impresionante gentío se acercaba, como en procesión, a nuestra aldea. Niños, adultos, animales, decenas de personas caminaban al unísono, en medio e la noche, a la luz de unos candiles, cubiertos con abrigos y mantas y cargados con bultos de ropajes o enseres domésticos.El sonido que emitía la masa al acercarse había despertado ya a todo el vecindario, que contemplaba, expectante, el extraño espectáculo a través de las ventanas.
Y así lo prosiguió Milady...
Parecía ser una migración de seres humanos en vez de aves.Al escuchar tal sonido y ver a tanta muchedumbre me pregunté qué era lo que estaba sucediendo.Pronto se empezaron a ver de nuevo las hogueras de las aldeas vecinas pero esta vez por más que me concentrara no podía adivinar qué era lo que tenían de cena.Algo extraño ocurría aquella noche y lo peor era que mi imaginación estaba empezando a dejarse llevar por la situación.Empecé a pensar que quizá había llegado a las aldeas próximas algún extraño ser, algún animal o alguna criatura que les había asustado y por eso habían iniciado su huida.De pronto, una extraña sensación de temor me invadió todo mi cuerpo y empecé a dar vueltas por mi casa pensando qué era lo que quería coger, qué era lo más importante que necesitara para emprender mi huida junto con la muchedumbre. Tal vez en mi roca, mi roca Dragonte, estaría segura, a salvo. Allí nada malo me podría suceder y desde allí divisaría todo lo que se pudiese ver y el temor de no saber qué ocurriría desaparecería como por arte de magia...