
Las explosiones continuaron durante los días siguientes. El polvo fue, poco a poco, formando nubes marrones en el cielo de la comarca. El temblor de la tierra llegaba hasta la roca Dragonte y era tal mi temor que decidí no volver a la aldea por el momento.
Sin embargo, aquella comida que días antes había tomado del huerto de la aldea se había acabado. Tenía que conseguir algo para comer. El calor ya había llegado a la comarca y el tejo empezaba a dejar ver sus frutos rojos. Era un árbol sagrado, protegido y amado por todo mi pueblo. Pero yo tenía hambre. Pedí perdón a los dioses y me encaramé en sus ramas. Allí empecé a comer los frutos del tejo, la única parte no venenosa del árbol sagrado. Con cada baya que masticaba mi cuerpo se fortalecía, mi vista se hacía más aguda y mis oídos comenzaron a escuchar, de nuevo, todos los sonidos del bosque que hasta ahora habían ocultado las explosiones. Después de llenar mi estómago con los frutos del tejo, pude bajar de un salto desde la rama más alta del árbol sagrado.
Al día siguiente, más animada que nunca, tomé mi gran piedra dorada y la guardé entre mis ropas y en una gran hoja de castaño envolví un buen puñado de frutos del tejo. Bajaría de mi roca Dragonte. Quería ver qué era lo que estaba rompiendo las entrañas de la comarca, qué provocaba esas inmensas nubes de polvo rojo. Tapé con ramas mi cueva y me dirigí al gran río.
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