
Al principio todo fue bien. Ningún extranjero se atrevió a trepar por los riscos en busca de aldeanos huídos y mi refugio, la cueva oradada por un pequeño arroyo bajo la roca Dragonte y a la sombra de un joven tejo, se convirtió en mi casa. No quise llamar la atención y los primeros días me alimenté de castañas crudas, pero tuve que bajar un poco hacia el valle para encontrarlas. Aunque el agua del arroyo era fresca, echaba de menos el río lleno de truchas y otros peces, pero mi miedo era mayor que mi hambre.
Pasó el tiempo. El sol se había puesto ya 24 veces, tiempo durante el cual vi arder otras aldeas vecinas. A mi roca ya no llegaba el agradable olor a corzo asado y ya no quedaban castañas en todo el monte. Mis ropas, rasgadas y sucias, bailaban sobre mis hombros. Era hora de visitar la aldea.
La noche era clara, con una luna inmensa en el cielo de la comarca. Cuidadosamente me acerqué a las primeras cabañas, deteniéndome aterrada con cualquier sonido extraño. La aldea parecía tranquila. Las casas arruinadas por el fuego habían sido arregladas y los teitos nuevos, unidos fuertemente a las ripias de roble por los vincayos, brillaban bajo la luz de la luna. Llegué hasta el huerto y tomé todo lo que pude, pero quise saber si quienes allí vivían eran aún mis vecinos y dejé sobre uno de los surcos vacíos mi collar, de piel curtida con una brillante roca azul transparente como colgante. Y regresé a mi roca.
Volví a mi aldea poco después, ya que mis provisiones se habían acabado rápidamente, debido al hambre atroz que había sufrido hasta entonces. Regresé al huerto también por la noche. Allí, en una esquina de los surcos, entre las berzas, encontré mi collar enrollado a un paquete envuelto en una hoja de castaño. No me atreví a abrirlo allí. Llené mi falda de hortalizas y patatas y me fui como si el diablo mismo corriera detrás de mi. En mi mano, bien apretado, mi collar y el misterioso paquete de castaño.
Pasó el tiempo. El sol se había puesto ya 24 veces, tiempo durante el cual vi arder otras aldeas vecinas. A mi roca ya no llegaba el agradable olor a corzo asado y ya no quedaban castañas en todo el monte. Mis ropas, rasgadas y sucias, bailaban sobre mis hombros. Era hora de visitar la aldea.
La noche era clara, con una luna inmensa en el cielo de la comarca. Cuidadosamente me acerqué a las primeras cabañas, deteniéndome aterrada con cualquier sonido extraño. La aldea parecía tranquila. Las casas arruinadas por el fuego habían sido arregladas y los teitos nuevos, unidos fuertemente a las ripias de roble por los vincayos, brillaban bajo la luz de la luna. Llegué hasta el huerto y tomé todo lo que pude, pero quise saber si quienes allí vivían eran aún mis vecinos y dejé sobre uno de los surcos vacíos mi collar, de piel curtida con una brillante roca azul transparente como colgante. Y regresé a mi roca.
Volví a mi aldea poco después, ya que mis provisiones se habían acabado rápidamente, debido al hambre atroz que había sufrido hasta entonces. Regresé al huerto también por la noche. Allí, en una esquina de los surcos, entre las berzas, encontré mi collar enrollado a un paquete envuelto en una hoja de castaño. No me atreví a abrirlo allí. Llené mi falda de hortalizas y patatas y me fui como si el diablo mismo corriera detrás de mi. En mi mano, bien apretado, mi collar y el misterioso paquete de castaño.
Milady continúa así este capítulo...
Al llegar a mi querida roca miré el paquete que tenía en mi mano. La curiosidad me mataba como si fuera una gatita pero logré resistirme a abrirlo.Por un lado, pensé en abrirlo, ante la tranquilidad de mi roca, a solas, mi roca y yo.Pero por otro lado, si lo abría ahora, se acabaría toda la curiosidad que sentía. Así que, opté por guardarlo en un lugar seguro y abrirlo en otro momento en el que me hicera falta sentirme querida.De está manera siempre tendría algo en qué pensar y una pequeña tabla a la que agarrarme cuando me estuviese ahogando.Aunque estando en mi roca era difícil ahogarme, pues sentía cómo mi roca me protegía. Allí me sentía segura y como si nada malo pudiera ocurrir...
Gatina también nos regala una muy buena propuesta...
Sea lo que fuere que había en aquél paquete, decía que mis vecinos, quizá mi familia seguían allí, a salvo. Así pasé la noche, acariciando la rugosa hoja que envolvía el misterio, vagando con mi mente por recuerdos, dejándome acunar por la cálida sensación de saberme cuidada por alguien más. Allí sentada, en mi refugio, mi nuevo hogar, mi vieja amiga, pasé la noche. Sonidos familiares cruzaban el bosque, desde niña, había aprendido a distinguir a sus habitantes por sus pisadas, leves y frágiles las de los corzos, toscas y ruidosas las de los jabalíes que burdamente rompían con sus bezos el manto del bosque. Tome aire dejándome invadir por olores conocidos. Allí sentada algo cruzó mi mente. Hasta ahora, tan sólo pensaba en cómo subsitir, pero ahora un nuevo afán ocupaba mi cabeza. ¿Podría hacer algo por mis vecinos? ¿Iba a someterme sin pelear? No sabía nada de aquellos que ocuparon nuestras tierras, hasta ahora había visto desde la lejanía sus campamentos perfectamente ordenados, había visto cómo decenas de hombres desfilaban precedidos de sus blasones, cómo sus enormes caballos acababan con nuestros pastos. Hace algunas lunas había tenido que esconderme tras unos tojos al paso de cinco hombres, el primero de ellos parecía más seguro y altivo que los demás, allí escondida había visto cómo ese hombre había bajado de su montura para profanar mi roca, los ojos de aquél extraño habían mancillado mi comarca, paseándose impúdicamente por sus campos, por mi aldea, por sus colinas. Invadida por la náusea del encuentro con aquél extranjero, no me di cuenta de que su mirada se había dirigido al lugar en el que estaba. No sé si fue real o no, pero sentí sus pupilas clavándose en las mías hasta helarme la sangre. Contuve la respiración esperando que las hojas y las espinas del tojo me ocultasen, salvasen mi vida. En ese instante aquél hombre, giró y montó sobre su gran caballo, me quedé allí agazapada viendo centellear su pechera mientras se alejaba, tardé mucho en salir de mi escondrijo, juraría que me había visto, pero si lo hubiera hecho, habría muerto en aquel instante, ¿o no?......................
3 comentarios:
Al llegar a mi querida roca miré el paquete que tenía en mi mano. La curiosidad me mataba como si fuera una gatita pero logré resistirme a abrirlo.
Por un lado, pensé en abrirlo, ante la tranquilidad de mi roca, a solas, mi roca y yo.
Pero por otro lado, si lo abría ahora, se acabaría toda la curiosidad que sentía. Así que, opté por guardarlo en un lugar seguro y abrirlo en otro momento en el que me hicera falta sentirme querida.
De está manera siempre tendría algo en qué pensar y una pequeña tabla a la que agarrarme cuando me estuviese ahogando.
Aunque estando en mi roca era difícil ahogarme, pues sentía cómo mi roca me protegía. Allí me sentía segura y como si nada malo pudiera ocurrir...
Muchas gracias, Milady, por tu participación en el blog. Espero que para ti sea tan divertido como para mi compartir este espacio virtual con todos vosotros.
Miau.
Sea lo que fuere que había en aquél paquete, decía que mis vecinos, quizá mi familia seguían allí, a salvo. Así pasé la noche, acariciando la rugosa hoja que envolvía el misterio, vagando con mi mente por recuerdos, dejándome acunar por la cálida sensación de saberme cuidada por alguien más. Allí sentada, en mi refugio, mi nuevo hogar, mi vieja amiga, pasé la noche. Sonidos familiares cruzaban el bosque, desde niña, había aprendido a distinguir a sus habitantes por sus pisadas, leves y frágiles las de los corzos, toscas y ruidosas las de los jabalíes que burdamente rompían con sus bezos el manto del bosque. Tome aire dejándome invadir por olores conocidos.
Allí sentada algo cruzó mi mente. Hasta ahora, tan sólo pensaba en cómo subsitir, pero ahora un nuevo afán ocupaba mi cabeza. ¿Podría hacer algo por mis vecinos? ¿Iba a someterme sin pelear?
No sabía nada de aquellos que ocuparon nuestras tierras, hasta ahora había visto desde la lejanía sus campamentos perfectamente ordenados, había visto cómo decenas de hombres desfilaban precedidos de sus blasones, cómo sus enormes caballos acababan con nuestros pastos. Hace algunas lunas había tenido que esconderme tras unos tojos al paso de cinco hombres, el primero de ellos parecía más seguro y altivo que los demás, allí escondida había visto cómo ese hombre había bajado de su montura para profanar mi roca, los ojos de aquél extraño habían mancillado mi comarca, paseándose impúdicamente por sus campos, por mi aldea, por sus colinas. Invadida por la náusea del encuentro con aquél extranjero, no me di cuenta de que su mirada se había dirigido al lugar en el que estaba. No sé si fue real o no, pero sentí sus pupilas clavándose en las mías hasta helarme la sangre. Contuve la respiración esperando que las hojas y las espinas del tojo me ocultasen, salvasen mi vida. En ese instante aquél hombre, giró y montó sobre su gran caballo, me quedé allí agazapada viendo centellear su pechera mientras se alejaba, tardé mucho en salir de mi escondrijo, juraría que me había visto, pero si lo hubiera hecho, habría muerto en aquel instante, ¿o no?......................
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