
Primero se oyeron pasos fuertes, más atronadores que el sonido del enfurecido jabalí que ronda las despensas de la aldea de cuando en cuando. “Clop-clop, clop-clop, clop-clop”, sonaba. De repente fue como si el cielo se rasgase y los truenos del cielo surgieran de la tierra. Temblaron y ardieron los teitos, convirtiendo en grandes chimeneas nuestras cabañas.Salimos todos corriendo y vimos lo que estaba acabando con nuestra aldea. Unos enormes caballos, fuertes, altos y extremadamente ágiles, con delgadas patas y pelo tan sólo en las crines. Nunca había visto caballos parecidos, me parecieron terribles. En nada se parecían a los celdones de nuestras tierras. Y ese día aterraron a toda mi aldea.Esos impresionantes animales traían en sus lomos a los hombres venidos del norte, de donde muchos habían dejado sus casas cuando llegaron los extranjeros de cabezas y pechos brillantes con águilas en sus armas. Llegaban desde lo que algunos viajeros nos habían dicho que se llamaba Flaciana y querían nuestra comida y nuestras tierras. Y lo consiguieron.Muchos de mis vecinos prefirieron quedarse en el castro con los extranjeros para seguir viendo crecer sus tejos y otros se escondieron en las cuevas de los montes. Yo fui una de esas personas que prefirió ocultarse.Corrí entre las patas de los animales y las lanzas de los atacantes. Corrí sin saber hacia dónde ir y mis piernas, doloridas y heridas por las espinas de los acebos y la maleza seca, me guiaron hasta mi roca. Desde allí pude despedirme de los míos y de mi aldea.
Pepito Grillo continuó así la historia…
Cuando llegué a mi roca, a mi querido Dragonte, los latidos de mi corazón se sosegaron.A lo lejos habían quedado mi choza, mi gente, mis costumbres, las lápidas de mis antepasados...En ese apacible lugar, pasé días y días. Me empapaba de los sonidos y colores del paisaje, y pisaba los erizos para sacar las sabrosas castañas que cocía en una pequeña hoguera. Meditaba y soñaba. ¡Todo parecía perfecto!.Al cabo de un tiempo, la nostalgia se apoderó de mí y una lluvia de preguntas inundó mi mente. ¿Que instinto cobarde había hecho que huyera a refugiarme en la roca?. ¿Que habría sido de mi gente?.¿Cual habría sido su destino?. ¿Serían los jinetes, guerreros que habrían asolado todo?. ¿Dentro de sus corazas metálicas, latirían corazones capaces de piedad?...La terrible sombra de la duda, me envolvía con su oscuro manto, me llenaba de tristeza y me hacía cada día mas difícil disfrutar de mi roca Dragonte.
Zuma dejó un momento a nuestra protagonista bajo la sombra del tejo y volvió sus ojos a la aldea y a los extranjeros que la habían tomado…
Pepito Grillo continuó así la historia…
Cuando llegué a mi roca, a mi querido Dragonte, los latidos de mi corazón se sosegaron.A lo lejos habían quedado mi choza, mi gente, mis costumbres, las lápidas de mis antepasados...En ese apacible lugar, pasé días y días. Me empapaba de los sonidos y colores del paisaje, y pisaba los erizos para sacar las sabrosas castañas que cocía en una pequeña hoguera. Meditaba y soñaba. ¡Todo parecía perfecto!.Al cabo de un tiempo, la nostalgia se apoderó de mí y una lluvia de preguntas inundó mi mente. ¿Que instinto cobarde había hecho que huyera a refugiarme en la roca?. ¿Que habría sido de mi gente?.¿Cual habría sido su destino?. ¿Serían los jinetes, guerreros que habrían asolado todo?. ¿Dentro de sus corazas metálicas, latirían corazones capaces de piedad?...La terrible sombra de la duda, me envolvía con su oscuro manto, me llenaba de tristeza y me hacía cada día mas difícil disfrutar de mi roca Dragonte.
Zuma dejó un momento a nuestra protagonista bajo la sombra del tejo y volvió sus ojos a la aldea y a los extranjeros que la habían tomado…
Statilio Tauro odiaba tener que vivir en aquel inhóspito lugar, donde el frío entumecía las manos, la comida era vulgar y las comodidades se reducían a su pequeña tienda de campaña dentro del aun inacabado campamento militar, construido para albergar a dos secciones de la afamada quinta legión romana.Pero sabía que pronto terminaría la guerra contra los bárbaros, y así podría por fin regresar victorioso a su hogar en la madre Roma, lleno de éxito y fortuna, como legado del emperador Augusto en la conquista de Hispania.Por otro lado, tenía que reconocer que aquel lugar donde habían asentado el campamento, y que los esclavos bárbaros conquistados llamaban valle del Era, era hermoso. Estaba rodeado de altas montañas y zonas boscosas, que aunque hacían muy difícil y costosa cada una de las victorias de su ejército, eran idóneas para la práctica de la caza con arco, una de sus grandes aficiones.Así, durante las semanas que habían pasado desde que se trasladó a Eratium, para supervisar personalmente tanto la conquista, como la construcción de la vía que uniría el nuevo campamento con Bergidum, y con las recientes y extraordinarias explotaciones auríferas de la comarca, Statilo no había dejado pasar una sola mañana sin salir a cazar.Acompañado de su fiel esclavo Federo, y de una escolta reducida de sus mejores legionarios, había recorrido una gran parte de los bosques adyacentes, cobrando numerosas piezas de caza mayor, como jabalíes y corzos, y en más de una ocasión, habían descubierto barbaros escondidos en la espesura, o en cuevas de montaña, matándolos o convirtiéndolos en esclavos.Aquella mañana el legado del emperador había dirigido su partida de caza hacia una zona especialmente inhóspita y lejana, encontrando en su camino una hermosa roca desde la que se divisaban todas las aldeas bárbaras recientemente conquistadas……
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