
Durante unos segundos no moví ni un músculo de mi cuerpo. No me atreví a girar la cabeza. Estaba aterrada.
La mano seguía apoyada en mi hombro. No era una mano grande y se mantenía posada suavemente junto a mi mejilla.
“No te asustes”, me dijo una voz femenina detrás de mí.
Volví mis ojos y… pude ver mis ojos. Giré mi cuerpo y pude ver mi propio cuerpo. Me asombré y mi otro cuerpo se asombró conmigo. Pensé que podía ser efecto de los frutos del tejo sagrado, pero era real. Allí estaba yo mirándome a mí misma. Aunque era un poco diferente.
Las dos miradas aterradas, sorprendidas, curiosas, recorrían el pelo, los ojos, la nariz y la boca. Todo era igual, pero diferente.
La joven que estaba en pie delante de mi tenía varias trenzas que surgían desde su frente y se envolvían con el resto del pelo castaño encima de la nuca fuertemente sujetas con una aguja dorada. Su túnica blanca era larga y sólo dejaba ver unas delicadas sandalias de las que asomaban unos pequeños pies.
- “¿Quién eres tú?”, me preguntó la joven.
- “Avga”, respondí con voz entrecortada.
- “Yo soy Licinia”, añadió con desparpajo.
Al final hice la pregunta: - “¿Por qué eres igual que yo?”.
- “No lo sé. Es muy extraño, ¿verdad?”, dijo ella.
- “¿Cuántos años tienes?”.
- “16, ¿y tú?”, preguntó ella llena de ansiedad.
- “También”.
Tomó mi mano y me guió en silencio por un camino hacia la nueva ciudad que habían creado los guerreros en mi comarca.
La mano seguía apoyada en mi hombro. No era una mano grande y se mantenía posada suavemente junto a mi mejilla.
“No te asustes”, me dijo una voz femenina detrás de mí.
Volví mis ojos y… pude ver mis ojos. Giré mi cuerpo y pude ver mi propio cuerpo. Me asombré y mi otro cuerpo se asombró conmigo. Pensé que podía ser efecto de los frutos del tejo sagrado, pero era real. Allí estaba yo mirándome a mí misma. Aunque era un poco diferente.
Las dos miradas aterradas, sorprendidas, curiosas, recorrían el pelo, los ojos, la nariz y la boca. Todo era igual, pero diferente.
La joven que estaba en pie delante de mi tenía varias trenzas que surgían desde su frente y se envolvían con el resto del pelo castaño encima de la nuca fuertemente sujetas con una aguja dorada. Su túnica blanca era larga y sólo dejaba ver unas delicadas sandalias de las que asomaban unos pequeños pies.
- “¿Quién eres tú?”, me preguntó la joven.
- “Avga”, respondí con voz entrecortada.
- “Yo soy Licinia”, añadió con desparpajo.
Al final hice la pregunta: - “¿Por qué eres igual que yo?”.
- “No lo sé. Es muy extraño, ¿verdad?”, dijo ella.
- “¿Cuántos años tienes?”.
- “16, ¿y tú?”, preguntó ella llena de ansiedad.
- “También”.
Tomó mi mano y me guió en silencio por un camino hacia la nueva ciudad que habían creado los guerreros en mi comarca.
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