martes, 15 de enero de 2008

Capítulo VI: La Roca Dragonte


Antes de partir miré unos segundos mi aldea y empecé a bajar hacia el valle, en dirección a las montañas situadas más allá del gran río. A medida que iba caminando encontraba restos de huertos y aldeas abandonados. Continué sin echar la vista atrás, decidida a averiguar qué es lo que estaba rompiendo mi comarca.
El sol ya estaba despidiéndose con su luz rojiza cuando pude asomarme desde una zona elevada para ver el corazón de la bestia que rugía desde hacía semanas. Mi corazón se heló al comprobar que allí había nacido una ciudad en tan poco tiempo en una zona que antes dominaban sólo los tejos y los robles hundiendo sus grandes raíces en la tierra roja. Habían creado varias construcciones cerca de la gran montaña a modo de campamento. En la parte más elevaba, como un ejército de atareadas hormigas horadando el suelo, se movían cientos de personas, entre ellos, muchos vestidos con ropas similares a las mías, por lo que pensé que algunos habían decidido abandonar sus aldeas para ir a trabajar allí.
También había muchos otros pechos brillantes dirigiendo la labor de excavación de la tierra. Estaban haciendo pozos, demasiados como para buscar agua, pensé en ese momento. Buscaban algo.
Los extranjeros habían variado el curso de los arroyos cercanos y el agua llegaba hasta la cima de la gran montaña mediante unos canales de piedra. Nunca había visto nada parecido.
De repente, una nueva explosión hizo temblar la tierra y el cielo se ocultó con una gran nube de polvo. Cubrí mi cabeza con los brazos instintivamente y así me quedé hasta que una mano se posó suavemente sobre mi hombro.

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