Con sus almohadillas casi nunca se le oía llegar. Despacito, despacito iba acercándose a la ventana de la anciana. Siempre por la mañana, excepto cuando el día era muy soleado y el trinar de los pájaros distraían su rutina diaria.La anciana le esperaba apoyada en el alféizar con una galletita. Cuando le veía asomarse curiosamente detrás del cristal, ella retiraba su larga trenza blanca de años y abría las hojas de la ventana de par en par, aunque hiciera frío y esa tos, que la estaba matando, pudiera acortar su espera. Quizá por eso lo hacía.
Desde el parque la escena siempre era la misma. El gato llegaba a la casa de la anciana y ella le daba su galletita antes de quedarse, de nuevo, sola.
Fue un día de lluvia cuando atravesé corriendo el parque de camino a casa. Un triste maullido llevó mi vista hasta una caja de cartón en la que encontré al gatito acurrucado y muerto de miedo. Lo tomé entre mis manos. Tiritaba de frío. Abrí mi abrigo y lo metí dentro, junto al calor de mi pecho. No sé por qué decidí entonces ir a casa de la anciana.
Mil campanitas sonaron al pulsar el timbre de esa casa baja de un solo piso rodeada de geranios casi sin flor. Al principio no pasó nada. Después oí unos pasos arrastrados y acerqué mi cara a la puerta, para intentar ver algo tras la cortinilla que ocultaba el interior. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Vaya susto!. La anciana había salido por la puerta lateral y había puesto su mano sobre mi hombro dejándome paralizada por completo. Incluso el gatito dio un respingo bajo el abrigo.
“Eh…. perdone… yo….”
“Hola, guapa. Tú eres la del parque. Te veo muchas veces desde mi ventana. Pasa, mujer, pasa, no te quedes ahí bajo la lluvia, que te vas a quedar helada”, me dijo con una voz que sonó a miles de caricias.
“Disculpe, pero es que cuando me iba para casa encontré a este gatito. Le he visto muchas veces visitar su ventana, vivo en la casa de al lado, así que al verlo tan asustado… bueno, pensé que quizá le importara”, le expliqué mientras sacaba a la bolita de pelo del interior de mi abrigo.
“A ver, a ver… ¡Vaya, amigo, hoy has tenido un mal día, ¿eh?”, dijo mientras tomaba al gato entre sus manos y observaba sus suaves almohadillas. “Pero si tienes una herida, bonito. La hechicera te lo curará, no te preocupes”. Y la anciana se fue con el gatito y me dejó allí sentada, sin decir nada, en ese salón lleno de fotos firmadas y portadas de periódicos y revistas enmarcadas, cuadros y carteles de viejas películas de cine.
La anciana volvió al rato. En una mano, el gatito con una patita vendada y en la otra una taza humeante de té. “Perdona, bonita. Te había dejado sola. Es que Cary está ya muy delicado. Tiene tantos años… Se llama así por la persona que me lo regaló. Es mío, si se puede decir que un animal pertenece a alguien, pero hace su vida y, con mi edad y mis achaques, casi no puedo jugar ya con él y pasa mucho tiempo por la calle, aunque viene a darme los buenos días todas las mañanas”, explicó.
Mientras hablaba de Cary, mi mirada se paseó por la mesa del salón, llena de figuritas y recuerdos y por el resto de la sala. Sobre la chimenea, un gran cartel de la película ‘Luna nueva’ con una firma de trazos gruesos que decía: ‘Para la hechicera que embelesó mis días. Cary Grant’.
Debí quedarme tan atónita que la anciana empezó a contarme la historia sin yo preguntarlo siquiera.
“Tenía yo unos 18 ó 19 años. Era una joven muy guapa, de grandes ojos oscuros y un pelo negro largo que caía sobre mis hombros. Mi madre y mi abuela habían sido peluqueras, así que seguí la tradición de las mujeres de mi familia. Sin embargo, no quise quedarme en el pueblecito donde había nacido. Quería ver mundo. Era muy joven y tenía muchas ganas de hacer cosas. Así que un día hice mi petate: una maletita que compró mi madre cuando fue a ver a su tía a Nueva York antes de casarse. Mis amigas me dijeron que el mundo del cine estaba dando mucho trabajo, así que tomé varios autobuses hasta llegar al luminoso Hollywood.
Al principio fue difícil, porque no conocía a nadie, pero me puse a trabajar en un café cercano a unos estudios de cine y enseguida empecé a conocer gente de ese mundo.
Mi primer trabajo como peluquera de cine, bueno, como ayudante de peluquería, fue en el rodaje de ‘Luna nueva’, que protagonizaba allá por 1940 Cary Grant, un actor que, por ese entonces ya era uno de los de mayor éxito.
Mi primer día de trabajo fue un desastre completo. La peluquera tenía una gripe enorme y no pudo ir al plató. Así que allí me ves con unos 20 añitos, cepillo en mano, la boca abierta como un pajar y temblando como un flan.
Entonces llegó el director de la película, un tal Howard, y me sacó de mi sueño. “Pero que haces ahí con cara de boba, niña, ve ahora mismo al camerino del señor Grant, que tenemos que empezar a rodar”.
Claro, tuve que preguntar dónde quedaba el camerino de la estrella, pero, al fin, estaba delante de su puerta. ‘Toc, toc, toc’. Nada. ‘Toc, toc, toc, toc’, insistí. Y entonces una gran sonrisa llenó la habitación y mis ojos. Era él. Y tenía que peinarle. “Pasa, muchacha. No te quedes en la puerta, que hoy el jefe tiene prisa’, me dijo mientras se sentaba en su gran silla de piel negra frente a un gran espejo lleno de brillantes bombillas.
“Eh… perdone, ¿cómo lo quiere?”, le dije yo con voz de bobalicona.
Creo que no había visto nunca a nadie reírse tanto y tan a gusto como a aquél hombre. Estuvo diez minutos desternillándose de risa y sus carcajadas al final me contagiaron y acabamos llorando y con dolor de estómago despatarrados en el sofá del camerino.
“Bueno, ojos negros, si me lo peinas bien tendrás un regalo, ¿eh?”, me dijo.
Y yo cogí el peine más bonito de cuantos tenía en mi bolso de peluquera y lo rocié con crema de brillo antes de empezar a hacer la raya más perfecta que había hecho nunca.
“Eres toda una profesional, pero con esos ojos de hechicera me hubiera gustado todo cuanto hubieras hecho con mi pelo”, me dijo.
A continuación, abrió un pequeño cajón de la mesa del camerino y sacó un brillante gemelo que tenía tallado un tigre. “Te lo doy si mañana me peinas sólo a mí y me cuentas algo de tu vida. ¿Vale, hechicera?”, y me tomó por la muñeca con una mano mientras que con la otra depositó el gemelo en mi palma.
“Ahora vete”, dijo abriéndome la puerta del camerino".
“Uy, uy, qué tarde es, niña”, dijo la anciana mirando su gran reloj de pared. Hoy no me encuentro bien, guapa. Así que, si no te importa, nos vemos otro día, si Dios quiere. Me ha gustado mucho hablar contigo. Tienes unos ojos tan bonitos y brillantes como los que yo tuve un día. Sé todo lo feliz que puedas, muchacha. Vive y disfruta”, susurró la mujer de la larga trenza blanca a mi oído.
Al día siguiente me despertó un ruido en mi ventana. Cary me llamaba con su patita, como cada mañana hacía con la anciana. Abrí la ventana y el gatito se rozó contra mis brazos. En su cuello, del collar rojo que tenía colgaba algo brillante. Era un gemelo, un gemelo con un tigre tallado.
“Adiós, hechicera. Hasta siempre. Ya estás con tu actor, allá donde quiera que vayan las almas buenas”. Cerré la ventana e invité a Cary a un gran plato de leche fresca.
5 comentarios:
Gatita, te superas día a día. Me ha encantado y me ha emocionado. Me ha gustado mucho la manera que has tenido de entremezclar los recuerdos de la vieja anciana con los de la joven muchacha.
Pero sobre todo, la mejor frase, el mejor pensamiento del relato es la siguiente: "Sé todo lo feliz que puedas, muchacha. Vive y disfruta", me parece que dice mucho, es una frase sencilla pero muy completa, breve pero muy intensa.
Tal vez estaré "sensiblera" pero era justo lo que necesitaba leer y escuchar hoy. Con cosas así, merece la pena venir a trabajar, conectarse a internet y entrar en este fantástico blog.
Prometo seguir la Roca Dragonte en algún momento, más adelante, cuando tenga menos cosillas en que pensar y pueda dejar fluir mi imaginación como la roca se merece, aunque no lo sepa expresar como nuestra roca (con tu permiso) se merece.
Un beso, ana rouse
Bonito relato. Gatita, entre gatos anda el juego... La presencia del felino Cary, está perfectamente descrita dentro de la acción. Casi se sienten sus pisadas, su maullido lastimero cuando estaba aterido de frío, o su triste mirada cuando 'le dejó' la anciana. El resto de la trama, la disculpa perfecta, y maravillosamente trabada para que 'todo' tenga sentido.
Milady, te ha descrito sus sensaciones, que yo comparto. Yo debo añadir, que tu sensibilidad 'gatuna' queda reflejada muy bien en el relato, y es lo que refuerza el argumento escogido, de por sí, y por su originalidad digno de una excelente escritora.
Sigue regalándonos con estas sorpresas entre capitulo y capítulo de 'La roca Dragonte'...
Siempre alerta y vigilante, tu admirador,
El Vigía de Dragonte
¡Qué bien escribes, Gatita!. Es hermoso el relato. Se echaba en falta la figura felina en tus cuentos. ¿Aparecerá algun otro, en el relato de Dragonte?.
¡Enhorabuena!, eres toda una maestra del relato corto.
Por cierto... La historia narrada que incorporaste de "Regaré con lágrimas tus pétalos", emocionante.
¡Qué enorme eres, Gatita!... Toda sensibilidad y dulzura.
Besos, Maria.
Buscandole tres pies a mi gato, comprendí que tenía seis vidas, porque la que le falta la mató la curiosidad.
Pero ahí sigue feliz con otras seis, sin usar los guantes que le regalé, porque con ellos no caza, y tampoco el casacabel, porque ¿quien es el listo que se lo pone, cuando se defiende panza arriba?
Mi gato es negro, pero por la noche no me trae mala suerte, puesto que es pardo como todos, así que no me dan gato por liebre, y no lo cambio por un perro, porque como dice el refrán es algo que nunca sale barato.
Besos.
¡Moooooolaaaaaa! Qué sensibilidad y sobre todo cuánto tiempo libre te deja Martínez Núñez. Soy Carlos J.,maja, y os echo de menos. Menos mal que me quedan vuestras ventanas al mundo abiertas. Da gusto leeros.
Oye, ya de paso, acabo de abrir un blog mío (carlosjdominguez.blogspot.com) y carezco de todo conocimiento. ¿Cómo hago para subirme el contador, porque me da un código pero no sé como copiarlo en mi web? ¿O ara poner fotos, o vídeos, para personalizar aún más la página? Tantas cosas... en mi ignorancia. Bueno. Saludos y sobre todo muchos besos. Sigue tan bien, ponferradina mía.
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