
Desde que fui pequeña me gustó escaparme a la roca Dragonte. Estaba en lo más alto de la comarca y desde allí se divisaban todas las hogueras de las aldeas vecinas. Si te concentrabas mucho podías saber qué tenían ese día de cena: un buen venado asado, unas castañas asadas o unas simples berzas con patacas.
Ese era el único sitio en el que podías ver de cerca corzos, rebecos e incluso algún oso asustado que despistaba su habitual camino.
Esa era mi roca. Lo fue durante muchos, muchos años. Más de los que yo hubiera deseado.
Mi aldea no distaba mucho del río, una despensa de sabrosos peces que daba la vida a las plantas silvestres y a las que cultivábamos nosotros junto a las casas, en la huerta común que todos cuidábamos por ser una de nuestras principales fuentes de alimento.
Cada día mi padre reunía a los hombres y salían a buscar jabalíes y corzos para nosotros. Los demás nos ocupábamos de limpiar las cabañas, cocer las vasijas y recoger frutos y leña del bosque o ir a pescar al río, que era lo más divertido, porque no es nada fácil acertar con la puntiaguda lanza de madera sin que al final resbale en el lomo de una brillante trucha.
Lo peor comenzó durante la noche, cuando todos dormíamos y ni el crepitar de las casi apagadas hogueras se oía en la penumbra.
Primero se oyeron pasos fuertes, más atronadores que el sonido del enfurecido jabalí que ronda las despensas de la aldea de cuando en cuando. “Clop-clop, clop-clop, clop-clop”, sonaba. De repente fue como si el cielo se rasgase y los truenos del cielo surgieran de la tierra. Temblaron y ardieron los teitos, convirtiendo en grandes chimeneas nuestras cabañas.
Salimos todos corriendo y vimos lo que estaba acabando con nuestra aldea. Unos enormes caballos, fuertes, altos y extremadamente ágiles, con delgadas patas y pelo tan sólo en las crines. Nunca había visto caballos parecidos, me parecieron terribles. En nada se parecían a los celdones de nuestras tierras. Y ese día aterraron a toda mi aldea.
Esos impresionantes animales traían en sus lomos a los hombres venidos del norte, de donde muchos habían dejado sus casas cuando llegaron los extranjeros de cabezas y pechos brillantes con águilas en sus armas. Llegaban desde lo que algunos viajeros nos habían dicho que se llamaba Flaciana y querían nuestra comida y nuestras tierras. Y lo consiguieron.
Muchos de mis vecinos prefirieron quedarse en el castro con los extranjeros para seguir viendo crecer sus tejos y otros se escondieron en las cuevas de los montes. Yo fui una de esas personas que prefirió ocultarse.
Corrí entre las patas de los animales y las lanzas de los atacantes. Corrí sin saber hacia dónde ir y mis piernas, doloridas y heridas por las espinas de los acebos y la maleza seca, me guiaron hasta mi roca. Desde allí pude despedirme de los míos y de mi aldea.
Ese era el único sitio en el que podías ver de cerca corzos, rebecos e incluso algún oso asustado que despistaba su habitual camino.
Esa era mi roca. Lo fue durante muchos, muchos años. Más de los que yo hubiera deseado.
Mi aldea no distaba mucho del río, una despensa de sabrosos peces que daba la vida a las plantas silvestres y a las que cultivábamos nosotros junto a las casas, en la huerta común que todos cuidábamos por ser una de nuestras principales fuentes de alimento.
Cada día mi padre reunía a los hombres y salían a buscar jabalíes y corzos para nosotros. Los demás nos ocupábamos de limpiar las cabañas, cocer las vasijas y recoger frutos y leña del bosque o ir a pescar al río, que era lo más divertido, porque no es nada fácil acertar con la puntiaguda lanza de madera sin que al final resbale en el lomo de una brillante trucha.
Lo peor comenzó durante la noche, cuando todos dormíamos y ni el crepitar de las casi apagadas hogueras se oía en la penumbra.
Primero se oyeron pasos fuertes, más atronadores que el sonido del enfurecido jabalí que ronda las despensas de la aldea de cuando en cuando. “Clop-clop, clop-clop, clop-clop”, sonaba. De repente fue como si el cielo se rasgase y los truenos del cielo surgieran de la tierra. Temblaron y ardieron los teitos, convirtiendo en grandes chimeneas nuestras cabañas.
Salimos todos corriendo y vimos lo que estaba acabando con nuestra aldea. Unos enormes caballos, fuertes, altos y extremadamente ágiles, con delgadas patas y pelo tan sólo en las crines. Nunca había visto caballos parecidos, me parecieron terribles. En nada se parecían a los celdones de nuestras tierras. Y ese día aterraron a toda mi aldea.
Esos impresionantes animales traían en sus lomos a los hombres venidos del norte, de donde muchos habían dejado sus casas cuando llegaron los extranjeros de cabezas y pechos brillantes con águilas en sus armas. Llegaban desde lo que algunos viajeros nos habían dicho que se llamaba Flaciana y querían nuestra comida y nuestras tierras. Y lo consiguieron.
Muchos de mis vecinos prefirieron quedarse en el castro con los extranjeros para seguir viendo crecer sus tejos y otros se escondieron en las cuevas de los montes. Yo fui una de esas personas que prefirió ocultarse.
Corrí entre las patas de los animales y las lanzas de los atacantes. Corrí sin saber hacia dónde ir y mis piernas, doloridas y heridas por las espinas de los acebos y la maleza seca, me guiaron hasta mi roca. Desde allí pude despedirme de los míos y de mi aldea.
3 comentarios:
Me encanta, Gatita, me encanta. Acabo de yegar del curro un poco decepcionada porque no había continuación de "La roca Dragonte", me he metido en el ordenador, y aqui estaba.
Estoy intrigadísima e ilusionada con tu relato. Ni se te ocurra dejarlo, por favor.
Simplemente decirte: Muchas gracias, esta semana has hecho que tenga un aliciente para mi.
Un beso
¡Brutaaal!.Por favor, no tardes en sacar capítulos nuevos. Un besazo
Está quedando muy bonito el relato. El escenario esta creado, el ambiente de misterio es intrigante. Ahora me imagino que irá tomando tensión, hasta un primer desenlace, que puede parecer lo que no es, y nos volverá a meter en una nueva atmósfera tenebrosa, para.... ¡qué barbaridad!, me estoy comiendo el coco, y esto no ha hecho mas que empezar...
Gracias por la iniciativa. Cuando se me pase el sofocón, igual te escribo mi continuación a tu relato.
Besos, María
Publicar un comentario